El Efecto Mary Poppins

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Siempre me ha resultado fascinante este personaje a quien nos acercó Walt Disney en una producción mítica tras 20 años de duras negociaciones con Pamela Lyndon Travers, la autora de la saga que dio vida a esta peculiar e inolvidable institutriz londinense. No sé a quién debo agradecer todo lo que yo veo en este personaje, si a la innovación de Walt Disney o la tozudez de Pamela Lyndon de mantenerse firme en determinados aspectos de la niñera que la llevó a la fama. Pero lo cierto es que, insisto, me fascina.

V

Veo la película siempre que la vuelven a pasar, me conozco sus canciones (incluso sus bailes) y siempre encuentro algún nuevo matiz interesante. Y como el pasado diciembre estrenaron El regreso de Mary Poppins, he retomado viejas costumbres y en esta última experiencia lo he visto claro: el efecto Mary Poppins. (Si eres un experto en el tema, por favor, quédate con el personaje de la película de Disney, no con la idea original de los libros de Travers, ni con la parte autobiográfica que puede haber de ella en su saga). Y es que estoy decidida a no ver solamente síndromes limitantes, sino también efectos potenciadores en los que puedas apoyarte y pueda apoyarme yo también para ser mejor profesional. Por eso quiero compartir contigo las bases de lo que hace tiempo llevo observando y he llamado el efecto Mary Poppins en el desarrollo profesional, que no es ni más ni menos que todo lo bueno que veo en este personaje y que podrías poner en marcha en tu práctica diaria:

Utiliza métodos revolucionarios para conseguir sus objetivos: tan estrambóticos, raros e innovadores que incluso son rechazados en muchos momentos. ¿Qué hay de ese bolso del cual salen lámparas, espejos o plantas para hacer más acogedora su habitación? ¿Y de las preguntas retadoras y reflexivas que lanza al señor Banks (padre de los niños)? Es transgresora e incluso llega a ser irreverente en algún momento…

No es aceptada de primeras… y tampoco le preocupa: cree firmemente en sí misma y no le importa resultar borde, fría o egocéntrica si consigue lo que se propone: un beneficio que va más allá de sí misma y que recae en las personas a las que acompaña en ese proceso de cambio. Posee una autoestima firme que le permite afrontar las situaciones con las que se encuentra de una manera valiente (me encanta el momento en el que le dice al señor Banks que ella nunca da explicaciones a nadie…)

«Con un poco de azúcar esa
píldora que nos dan, la píldora que
nos dan… pasará mejor».

 

No pierde de vista el objetivo: nunca pierde el foco ni la perspectiva de lo que la ha llevado a ese lugar. Mide los tiempos, hace cesiones, negocia y adapta su estrategia según se van desarrollando los acontecimientos. Pero tiene siempre claro su cometido, no desiste aun en el peor de los escenarios posibles.

Se vale de la gestión emocional, la música y la gamificación en su cometido: es divertida, muy divertida, y con ello consigue hacerse entrañable y ocupar un lugar importante en tu corazoncito mientras aprendes. Además, se hace respetar porque sabe fijar con soltura y precisión los límites en las relaciones, en las situaciones. Posee un gran autocontrol, que infunde en cada acción que emprende e intenta promover en su entorno y lo hace a través del autoconocimiento y moviendo las piezas fundamentales de la motivación en cada uno de las personas clave de la historia. Si esto no es trabajar con inteligencia emocional…

 

Es una gruñona pero adorable estratega: busca un cambio de comportamiento en un grupo de personas, y con cada una de ellas adopta una estrategia diferente sin olvidar nunca el objetivo global. Sabe perfectamente el lugar que ocupa cada persona en el equipo y maneja las reglas del juego, ya que previamente ha observado con detenimiento y se adapta a ellas, mientras consigue guiar los resultados a unos valores óptimos para todos. Y todo esto lo consigue con sonrisa y firmeza a partes iguales…

Adapta su comunicación a su interlocutor: nunca olvida que habla con niños y busca conseguir una comunicación clara pero con calado emocional (música, juegos). También convive con adultos, con quienes consigue hacer llegar su mensaje de manera concisa y directa (no anda con rodeos, y eso… ¡me encanta en ella!). Y así, con cada relación que establece, siempre se adapta a las necesidades comunicativas del otro, sin dejar de lado el objetivo de lo que quiere obtener ¡No hay mayor muestra de empatía en la comunicación que esa!

Nunca busca protagonismo, siempre está en un segundo plano: aunque destaca por muchos motivos (solo hay que verla llegar volando con su paraguas en un día de viento…), no es lo que pretende, sino todo lo contrario. Busca ocupar un papel secundario dando relevancia a los auténticos protagonistas de la historia, de su historia. Sabe con total seguridad que cada persona debe ocupar un papel principal en su propia vida tomando decisiones y siendo quien destaque, por eso no busca en absoluto agradecimientos, premios o medallas. Prevalece su sentido de servicio a los demás y de las cosas bien hechas.

Llega, pero no para quedarse: desde que llega sabe que su presencia tiene un final y ese será su éxito: conseguir que las personas a las que acompaña sean autónomas. No genera dependencias ni teje oscuros entramados emocionales: desde el primer día sabe que se irá cuando cambie el viento. Conoce que ha llegado para irse, que su presencia tiene los días contados, y que la situación ideal se dará cuando ella no esté. Es «asquerosamente independiente», como diría alguien a quien aprecio mucho. Y no todo ego está preparado para eso…

Deja una huella imborrable, pero de las buenas: con una de cal y una arena, con sus bailes y juegos, con sonrisa y severidad, a través de los retos que plantea y los cambios que facilita, consigue ser alguien con un valor incalculable en tu vida a pesar de no estar físicamente presente. Una vez que se va, en tu cabeza resuenan sus frases, sus argumentos y reflexiones, te comportas como a ella le hubiese gustado, y desde lo más profundo de tu corazón le agradeces que haya formado parte de tu vida y siga estando presente de alguna manera en ti.

Y ahora, ¿te imaginas lograr este efecto cuando acompañas a tus clientes en un proceso de cambio? ¿Y si fueses la Mary Poppins de tu equipo? Tanto desde el lugar del líder del equipo como el de uno de sus componentes… ¿Y si fueses tú quien da esa pizca de azúcar para hacer más llevadera esa amarga píldora que aparece en todas las organizaciones? ¿Y si fueses ese loca del bolso gigante y repleto de magia que canta canciones extrañas y a la que tus colegas recuerdan con una sonrisa en la boca? No sé tú, pero yo quisiera ser Mary Poppins, tu Mary Poppins, siempre que lo necesites.

 

JESSICA BUELGA

Consultora en desarrollo de talento, formación y empleo. Psicóloga experta en coaching.

jessicabuelga.com/jessica