JORGE URIBE
DIRECTOR COMERCIAL, GRUPO IPS DE MÉXICO

En la industria de la seguridad, más allá de los estándares y protocolos que se definen para regir el trabajo de los responsables de custodiar personas y activos, el tema central es la confiabilidad de las personas.

Las evaluaciones de control de confianza, que actualmente se aplican de forma masiva a todos aquéllos que pretenden ingresar a las filas de una institución de seguridad, son apenas una parte de la historia: se trata de filtros principalmente enfocados en escudriñar el pasado de un individuo a fin de detectar situaciones ilícitas, rasgos de personalidad problemáticos que hayan surgido en entornos laborales y sociales, así como cualquier antecedente que represente un factor de riesgo para las tareas que le serán eventualmente asignadas. Por ejemplo, no es posible coordinar un equipo en situaciones de estrés si no se cuenta con liderazgo y credibilidad.

Será difícil obtener reportes de resultados transparentes de parte de alguien que tiene tendencia a falsear u ocultar la realidad, por así convenir a sus intereses; no habrá forma de apegarse rigurosamente a los protocolos de actuación con gente que carece de control de impulsos y respeto a líneas jerárquicas y, sobre todo, los activos de una empresa estarán expuestos en manos de alguien que en el pasado fue partícipe de delitos patrimoniales. Sin embargo, la ausencia de relatos inquietantes por parte de ex empleadores y de sentencias condenatorias en procesos penales no es de ningún modo garantía de que no se cometerán conductas criminales en el futuro.

LOS VALORES Y CONDUCTAS DE LAS PERSONAS SE VAN MOLDEANDO CON LAS CIRCUNSTANCIAS DE SU DÍA A DÍA, EN PARTICULAR SI ÉSTAS SON INESTABLES Y HOSTILES.

Los valores y conductas de las personas se van moldeando con las circunstancias de su día a día, en particular si éstas son inestables y hostiles. El filósofo francés Albert Camus afirmaba que el comportamiento humano se coloca con frecuencia en una “zona gris” entre el bien y el mal, donde los dilemas y responsabilidades morales son sustituidos por el interés propio, de forma consciente o inconsciente. Así, los hombres pueden hacer el bien por una mezcla de motivos y, con la misma facilidad, pueden cometer errores y crímenes terribles. La integridad de un individuo responsable de proveer seguridad está entonces sujeta a cuestiones coyunturales: desde las condiciones socioeconómicas de su núcleo familiar y el trato que recibe de la gente con la que interactúa diariamente, hasta el entendimiento que tenga del objetivo y razón de ser de sus funciones.

La realidad es que una parte importante de las personas que son contratadas para desempeñar tareas de seguridad llegó por descarte: para muchos representaba la última alternativa ante la precariedad de un oficio fallido o el inminente desempleo por falta de estudios.

Derrotados por un mercado laboral cada vez más exigente en cuanto a edad, diplomas y experiencia, con la autoestima en el suelo por los rechazos acumulados, es común que guardias de seguridad sean enviados a su primer servicio confundidos, titubeantes y con bajas expectativas de crecimiento profesional. Los más afortunados, tras unos días de formación, se incorporan a un equipo de trabajo dinámico, liderado por un profesional en materia de seguridad patrimonial que asume retos con entusiasmo, convencido del valor agregado que se genera para un corporativo al salvaguardar la certeza en procesos y resultados. En estos casos, desde la llegada del nuevo elemento se debe buscar que desarrolle un sentido de pertenencia, que se sienta acompañado en su labor y perciba la confianza que le es depositada a través de diversos gestos de inclusión y reconocimiento.

Del lado del cliente, éste debe brindar, desde un inicio, las herramientas y disposición para implementar un apego cabal a los procedimientos por él mismo establecidos. El guardia, motivado y respaldado, recuperará poco a poco la confianza en sí mismo y será capaz de transmitir la autoridad requerida para marcar con determinación los límites en el actuar de terceros en su esfera de competencia.

En el caso contrario, el guardia es dejado a su suerte en un sitio que se rige por consignas cambiantes o puestas constantemente de lado, a discreción de clientes y terceros que exigen tratos de excepción. Colocado en un espacio físicamente desgastante, en ocasiones insalubre, su labor es percibida como irrelevante, al grado de colocarlo a nivel de abrepuertas: un “mal necesario” apenas digno de un saludo al pasar junto a su posición. En estas últimas condiciones, se produce un desgaste emocional cotidiano, que poco a poco merma su lealtad, la cual es remplazada por resentimiento en contra de la empresa y sus directivos.

Un fenómeno de expectativas autocumplidas se puede hacer presente: dado que el guardia no recibió el trato de una persona digna de confianza, ni fue invitado a participar en la toma de decisiones, inicia una pérdida paulatina del compromiso que pudiera haber generado y, en consecuencia, estará enfocado en identificar oportunidades de beneficio personal, sin importar si esto implica un daño patrimonial para la empresa. Dignificar la labor de los guardias es un proceso en el que, por un lado, se involucran reclutadores, capacitadores, administrativos, supervisores y mandos operativos, todos ellos responsables de inyectar la mística del profesional de la seguridad, así como la aspiración de formular un proyecto de vida escalando peldaños dentro de la empresa.

Por otra parte, y no menos importante, quienes contratan los servicios de seguridad privada están en posición de engrandecer la labor de cada persona que los protege, alimentando con ello un círculo virtuoso donde la confianza y respeto mutuos consolidará una relación de socios en seguridad, la cual no sólo se establece con la empresa que los forma y supervisa, sino a su vez con cada uno de los técnicos en seguridad patrimonial a cargo de resguardar su integridad física e instalaciones.


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